Condenados a elegir

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige el bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura (…) ¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí otra cosa (…)”

¿Recuerdan este provocador diálogo al comienzo Trainspotting? Sí, esa película icono y de culto para muchos, de finales de los 90. Pues bien, Mark Renton, el protagonista-anti-héroe que representaba el sentir de una parte de la juventud frustrada y enfada con el consumismo, al que culpabilizaban de fagocitar las opciones de prosperidad de su generación, acierta en una importante reflexión que sale de su boca malhablada mientras corre perseguido por la policía. Aparte de su victimismo adictivo y el goce pasional propio de amantes atormentados: los buscadores de heroínas disfrazadas de pulsión de muerte, no le falta razón en cuanto a sus cavilaciones acerca de nuestra naturaleza mortal: decidir. Esa es una verdad sin paliativos. Nos guste o no, estamos condenados a elegir. El ser humano lleva cosido a su ADN la facultad de elegir, y en esa privilegiada condición de posibilidad reside su libertad.

Decidir no decidir es una opción. Decidir siempre decidimos. Que lo hagamos en negativo, de forma más o menos pasiva o inconscientemente, es harina de otro costal. Dentro de las alternativas figura también la de permanecer cómodamente en la posición de súbditos. El ser humano es libre de esclavizarse, de maltratar como le plazca su subjetividad. Puede incluso autoengañarse vilmente. ¿Cómo? Pongamos por caso a través de sus lamentos y su quejosa protesta justificando así su insatisfacción vital y su enfado reprimido consigo mismo. En definitiva, las posibilidades de elegir las argollas a las que encadenarse son múltiples y de lo más variado, por ejemplo, el dolor. No en vano, el psicoanálisis nos desveló que el hombre puede llegar a sentir placer en aquello que le hace sufrir. Que sea de forma inconsciente no desmerece el asunto. Acuérdense también que Platón ilustra muy bien esta naturaleza digamos, tendenciosa, de nuestra especie en la alegoría de la caverna. Esas cadenas reflejan con pasmosa nitidez la peor de las cegueras: la pasión por la ignorancia, parafraseando al psicoanalista Jacques Lacan.

Otro francés, para muchos el gran filósofo de todos los tiempos, Jean Paul Sartre, desarrollará sin ambages la verdad que estamos considerando. ¡Señoras, señores, estamos “condenados” a ser libres! Se acabaron pues, las tonterías: las excusas, el juego pueril y sucio de la irresponsabilidad. Estamos sentenciados a escoger en la vida. Al fin y al cabo somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. ¿No es cierto? Si nuestro yo es un compendio de identificaciones (aspirante a conquistar su propia subjetividad una vez que caigan las máscaras) nuestra vida es producto de nuestras elecciones. No lo duden.

Vayamos a otro guion. El del hombre manso, ese don nadie angustiado por la irreverencia de lo políticamente correcto. El no fuma, no bebe, no arriesga…, no nada. Sin embargo, en sus sueños también le persiguen sus sombras. Es sorprendente el parecido de películas aparentemente opuestas. Aunque ya se sabe: los contrarios se tocan. Veamos.

Suena la señal de alarma. Abre los ojos malhumorado aporreando el despertador y maldiciendo el don del trabajo. Para sostener la insoportable cotidianeidad en la que ha convertido su vida, se dopa de café mientras engulle algo de bollería, creyendo que eso es desayunar. Está acostumbrado a tragar lo que sea. Entre tanto, el encuentro fortuito con algún espejo le pilla por sorpresa mirándole descaradamente y, recordándole, que esa jeta y su nombre es lo poco que conoce de su… ¿ser? Sin pensarlo sube a lo que sea que le lleve a sobrevivir con un salario indecente. Consigue distraerse en la jornada laboral hasta regresar a donde partió. Ansía desconectar (¿aún más?) Tumbado en el sofá, ensimismado en el televisor, se siente libre de ataduras (¡por dios, que ironía!) Cómo si matar el tiempo tragando estúpidamente la basura que le echan fuese el paradigma del libre albedrío y la felicidad (es patético). Los ojos se cierran y el día se marcha. Otro día desperdiciado en una existencia inauténtica, como diría Heidegger.

Los señores del poder, esos que se encargan de dar sentido a todo, precisamente para que nunca te plantes las grandes cuestiones: ¿Quién soy? ¿Qué quiero realmente hacer con mi existencia finita?…, han vuelto a ganar. Nos hacen creer en el paraíso de la sociedad del bien-estar y la calidad de vida mientras nos encierran en la dictadura de una sociedad distópica. En una telaraña invisible que pronto terminará alienando por completo nuestra subjetividad. El discurso buenista y otras seductoras pamplinas de los medios de (des)información son cómplices de la mentira, haciéndonos sentir seres evolucionados. Sí, espíritus librepensadores en una matrix tejida a la medida de nuestra falta de compromiso y responsabilidad con nosotros mismos.

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