El alma bella

“No imputar al otro ni colocar en el otro la propia escisión subjetiva y el propio dolor de existir. Y si haciéndolo creemos que podríamos terminar de ser, cargando en el otro nuestra falta y nuestro dolor, también deberíamos saber que sería al precio de perder nuestra humanidad”
(Dr. Jaime Szpilka, médico psiquiatra y psicoanalista)
A muchos, ésto les sonará a chino. No por nada, sino porque van por la vida “de buen rollo”, de tranquis. Mientras su equilibrio emocional y su control mental no sea perturbado, no hay problema. En cambio, cuando se sienten frustrados por lo que sea que rompa la homeostasis de su mundo zen, ¡ojito!, la cosa cambia. ¡Vaya que si cambia! Pasan, en una abrir y cerrar de ojos, sin pudor alguno, a modo víctima. ¿Por qué? Porque su (doble) moral les permite ver como algo normal la queja por/contra sistema. De manera que, inconscientemente, es decir, de forma irresponsable, piensan y se comportan como damnificados de la sociedad. Sinvergüenzas, a salvo. El salvoconducto de su superioridad moral les hace inmunes a cualquier atisbo de autocrítica. Son/se creen seres sin malicia, inmaculados. Inocentes. Por tanto, ecologistas, animalistas, feministas (más todavía: ecofeministas) y cualquier -ista de moda que mantenga intacta su supremacía ética. Los “progres”, devotamente convencidos: identificados con el guion doctrinal, encajan muy bien aquí, en esta estereotipia: la del alma bella.
El “alma bella” es una expresión acuñada en siglo XIX por el poeta, dramaturgo y filósofo alemán Friedrich Schiller. La ideología en la que se asienta este término es el del ideal romántico, según el cual la bondad, la moralidad, nace espontáneamente del corazón, no del deber implantado por la razón. Dicha expresión fue dando tumbos por otros pesos pesados de la filosofía, incluido Kant, hasta llegar a Hegel. (Qué pena no haber abonado en nuestra fértil tierra la simiente de unas cabezas sesudas como las germanas, o de un espíritu crítico como el anglosajón o, puestos a pedir, al menos la de un discurso universal como el francés, por hablar de nuestros vecinos mayores europeos. De haber sido así, la pulsión de muerte no nos visitaría tan a menudo bajo el rostro de la autodestrucción como nación).
Hegel retoma esta noción en su obra Femenología del espíritu. Y lo hace para criticarla. Para analizar la ineptitud del término, su inutilidad. Para el “alma bella” son sinónimos la conciencia del deber con la autoconciencia, por lo que cae en brazos de una anárquica (auto)complacencia narcisista. Motivo por el cual su propio desorden, su desbarajuste interno, es proyectado sobre el mundo, sobre los demás, a quienes intenta reconducir por el buen camino imponiendo la ley del corazón, o sea, ¡su imperio de los sentidos!, mostrando sin tapujos la verdadera cara del victimismo: la agresividad.
Para Lacan, médico psiquiatra y célebre psicoanalista francés, este concepto filosófico ilustra de manera paradigmática el modo como acostumbra a manejarse el neurótico: negando su propia responsabilidad por lo que le sucede en la vida. Inventando excusas. Lo que sea con tal de no implicarse en la pregunta: ¿Y yo qué tengo que ver con eso que me pasa? Así que, ¡cuidado con cuestionarle en sus certezas! Porque del modo víctima, que es pura potencia agresiva, pasará en décimas de segundos a la violencia en cualquiera de sus versiones.
El conocido caso clínico de Sigmund Freud sobre la joven Dora ilustra magníficamente esta gozosa posición psíquica. La chica se queja de que su padre no le hace caso. Detrás de su queja, el psicoanalista descubre un lío amoroso a cuatro sostenido y (medio)consentido en el tiempo: la pareja formada por el padre de la muchacha y su amante, la Sra. K; y la del marido de ésta, el Sr. K y su tonteo con Dora. Sobre el particular, en la estrategia que Lacan denomina inversión dialéctica, Freud interroga a Dora: “¿Y tu qué tienes que ver en el desorden del que te quejas? Una forma de que se cuestionase el beneficio que ella sacaba de semejante cambalache amoroso. Y, la “pequeña histérica” se enfada, claro.
Estos sujetos se mantienen en su “bella indiferencia” mientras no les toques… la moral con gaitas ni inversiones dialécticas. Nietzsche, en su Genealogía de la moral, identifica de forma irónica las “almas bellas” con aquellos resentidos e insatisfechos que no tienen el valor de vivir una vida auténtica, encarnado, paradójicamente, en su pretendida perfección moral, la moral de los esclavos. La ley del corazón y el delirio de presunción son sus garantes. Lanzando fuera de sí cuanto no encaje en la magnífica imagen que tienen de sí mismos.
Cuando se rompe esa armonía narcisista, y ya no pueden sostenerse en sus ideales, sienten que el mundo está en su contra y que los demás abusan de ellas. Sin entender qué mal hacen y por qué la gente se les echa encima, cuando ellas únicamente pretenden ayudar a todos. Son personas con buenas intenciones que solo quieren hacer el bien a los demás. Eso sí: según sus deseos e ignorando los del prójimo. Lo cual es fuente de conflicto.
No, no hay nada peor ni más peligroso que aquellas almas bellas/dictatorialmente en pena, desconocedoras de la naturaleza humana y por tanto de sus propios deseos, de su subjetividad. Convirtiéndose en presa fácil del gran Otro: la ideología.
Feliz Año Nuevo.

“No imputar al otro ni colocar en el otro la propia escisión subjetiva y el propio dolor de existir. Y si haciéndolo creemos que podríamos terminar de ser, cargando en el otro nuestra falta y nuestro dolor, también deberíamos saber que sería al precio de perder nuestra humanidad”
(Dr. Jaime Szpilka, médico psiquiatra y psicoanalista)

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ENKI es una revista producida y editada por "ENKI EDICIONES S.L.", y dirigida por el psicólogo clínico y psicoanalista José García Peñalver.